

"Los monstruos eran una cuestión que yo fotografié mucho. Fue una de los primeros motivos que fotografié y poseía un tipo de excitación terrorífica para mí. Yo empecé como a quererlos. Todavía hoy aprecio y quiero a mucho de ellos. Yo realmente no quiero aseverar que ellos son en si mis amigos, sino más bien que ellos me hicieron sentir una mezcla de vergüenza y temor. Hay una cantidad de leyenda sobre los monstruos. Todo para ellos sucede como en un cuento de hadas. Los monstruos nacieron con su trauma. Ellos ya han pasado su prueba en la vida. Ellos son aristócratas."
Diane Nemerov nace en Nueva York (1923) en el seno de una adinerada familia judía de Nueva York. Es hermana del poeta Howard Nemerov. A los 14 años comienza su relación con Allan Arbus, con quién se casaría cumplido los 18 años. En los años cuarenta, los Arbus se dedicaron a la fotografía de moda en revistas como Esquire, Vogue y Harper’s Bazaar. Entre 1955 a 1957, Diane Arbus toma clases con la fotógrafa austriaca Lisette Model, ejerciendo una gran influencia en el camino que más tarde tomaría. En esta época se divorcia de Allan, independizándose en su trabajo. La década del sesenta fueron sus años más productivos. Recorría los peligrosos barrios de Nueva York para seleccionar a los personajes que retrataría, en su mayoría enanos, playas nudistas, prostitutas, entre otros. La exposición que la dio a conocer al público mayoritario fue "New sensations" en 1967. Continuaba trabajando para revistas importantes retratando a celebridades como Norman Mailer, Mae West, Jorge Luis Borges. En 1971, después de una larga depresión, Diane Arbus se suicida. Un año más tarde su trabajo fue seleccionado para participar en la Bienal de Venecia, siendo la primera fotógrafa estadounidense en ser seleccionada, y el MoMA de Nueva York organizó su primera gran retrospectiva.
Influenciada por Model y la película Freaks ("La parada de los monstruos" o "Fenómenos") de Tod Browning, Diane Arbus eligió a personas marginales para sus fotografías: gemelos, enfermos mentales, gigantes, familias disfuncionales, fenómenos de circo, etc. Los personajes miraban directamente a la cámara, lo que hace que el flash revele sus defectos. Su intención era producir en el espectador "temor y vergüenza". Pionera del flash de relleno (flash de día) La fotografía de Diane representa lo normal como monstruoso: cuando fotografía el dolor, lo encuentra en personas normales. Provoca que la gente presuntamente normal aparezca como anormal. Rompe la composición, sitúa al personaje en el centro. Su mirada siempre es directa, con tensión y fuerza. Para ella no existe el momento decisivo, trabaja en continuo espacio temporal y obliga a los retratados a que sean conscientes de que están siendo retratados. Busca una mirada nueva, pasando del tedio a la fascinación. Se rebela contra el Gobierno, lo público, lo normal...
Un 27 de julio de 1971, Diane Arbus se suicidó. Se había cortado las venas. Además presentaba los síntomas característicos de una sobredosis de pastillas para dormir.
Retrato de una obesesión:
a aceptaron como uno de ellos pero, al contrario que en La parada de los monstruos, Diane Arbus no les defraudó. A la hora de hacer una película sobre ella, una fotógrafa dotada de una enorme sensibilidad que supo mostrar la belleza de lo que otros consideraban mera atracción de circo, Steven Shainberg, un fan absoluto de la artista, y su guionista Erin Cressida Wilson tomaron una decisión que constituye uno de los mayores aciertos de esta película visualmente brillante: alejarse del típico biopic y aventurarse a fabular sobre el mundo interior de una tímida ama de casa, que un día decide coger la cámara Rolleiflex que su marido le regaló hace años y retratar el otro lado de la Norteamérica rockwelliana.
Retrato de una obsesión es atípica hasta en su título original, Fur (Pelo), donde se encuentra una de las claves de esta metafórica cinta. Es el pelo que Diane arranca de su ceja, mostrado en primerísimo plano, y el que se atasca en las tuberías de su idílica casa, el que abre la puerta de entrada al país de las maravillas en el que esta Alicia tendrá como maestro de ceremonias a un cordero con piel de bestia, un extraño vecino aquejado de una enfermedad que le hace ocultarse tras extrañas máscaras. Él la acerca a un mundo amorfo al que ya intuía pertenecer, le descubre la piel que le va, totalmente alejada de esa estola de la peletería del negocio de su castrante madre que no sabe muy bien como colocarse.
Con un lenguaje visual poderoso, Steven Shainberg explora, como en Secretary, su cinta más conocida, los terrenos del subconsciente, normalizando, tratando con un tacto meritorio, esos oscuros deseos que llevan a sus protagonistas a terrenos como el sadomasoquismo y el voyeurismo. Y lo hace a través de elementos sacados de cuentos infantiles, el de Lewis Carroll antes referido o, más claramente, el de La bella y la bestia, mostrando que en la exploración y comprensión de sus terrores, féminas como Arbus encuentran su lugar en el mundo.
Mientras la película mantiene el detallismo del sensible punto de vista de la fotógrafa quedamos atrapados en su mundo, pero cuando sucumbe a la tentación de ir más allá, trasformando una enigmática y atípica relación, la de ella y su guía, en la más tópica de las historias de amor, se rompe gran parte de su encanto, tan cercano a la extrañeza cotidiana de los mundos de David Lynch, justificando lo que no hacía falta justificar. Tampoco ayuda en esos momentos una música que debería conceder a cada escena un significado concreto, su valor dentro de la historia; y nos quedamos con ganas de que personajes como la niña mayor, paradigma del rechazo de la sociedad común al mundo freak que Arbus introduce en su vida, estén un poco mejor dibujados.
Pero Retrato de una obsesión es ante todo un ejercicio artístico valiente que merece la pena por la presencia de Nicole Kidman, sin grandes alardes interpretativos, solo con su etérea presencia, perfecta para la sensibilidad y timidez de su retratada, y Robert Downey Jr., manejando su voz con una sensualidad apabullante mientras permanece oculto -a pesar de lo que la publicidad del cartel torpemente muestre- tras un complicado disfraz durante la mayor parte del metraje.
Aunque el invento no le haya salido redondo a Shainberg, su capacidad de sugestión y su personalidad se sienten en cada poro de esta película de extraño pelaje, pero modestamente conmovedora que nos hace augurar mejores trabajo en el futuro.
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