martes, 24 de abril de 2007

VII - Gisele Freund, 1908 - 1999


Una gran manipuladora

Gisèle Freund es la autora de algunos de los retratos más icónicos de la cultura del siglo XX. Probablemente son más conocidas las fotos que la autora. La imagen que muchos tenemos grabada de personajes como Joyce, Benjamin, Malraux o Diego Rivera, por ejemplo, la debemos a Gisèle Freund, una fotógrafa que ha fijado para la eternidad los rostros de algunos de los clásicos de la cultura contemporánea. Siempre serán como los vio –y los atrapó– Gisèle Freund. Y, como ella quiso, los tenemos instalados en nuestra memoria. Es un privilegio del artista decidir el destino de la imagen de los demás. Freund lo hacía con toda la convicción y con todas las consecuencias: a cada rostro, le creaba su marco y con él las connotaciones que completaban la definición del personaje. En cierto modo, podría ser considerada como una gran manipuladora de la cultura contemporánea, la que quiso y supo decidir la imagen con la que cada uno pasaría a la historia.

Fue algo común en algunas fotógrafas de este tiempo –en el CCCB lo constatamos con la exposición de Margaret Michaelis– que su trabajo y su biografía se entremezclaran hasta constituir una misma narración. Su cámara y su mundo son, en cierto modo, una misma cosa. Porque la fotógrafa, como ensayista, de algún modo se fotografía a sí misma en cada una de sus obras, porque la suma de todas ellas también la constituye. Esta judía alemana –que como tantos creadores tuvo que huir de su país cuando el nazismo pretendió mancillar la cultura germánica para siempre– se movió por medio mundo y donde fuera que estuvo supo cristalizar una época, un momento de la cultura y del espíritu. Desde las manifestaciones nazis en la Francfort de preguerra hasta el exilio en Latinoamérica, Gisèle Freund trascendió siempre lo anecdótico para convertir sus fotografías en retratos: de una persona, de una época, de una ciudad. El retrato –en el sentido más pleno de la palabra– es el género en el que Gisèle Freund fue excepcional, manipulando a los demás, manipulándose a sí misma. ¿O no es ésta la función del artista?


Abandonó Alemania en 1933, cuando la policía estaba a punto de arrestarla, y siguió sus estudios en La Sorbona, en París.En esta ciudad comenzó a ganarse la vida como fotógrafa.

En 1940, cuando los nazis invadieron Francia, Freund volvió a escapar: primero al sur de Francia y luego a Argentina, donde trabajó hasta el final de la guerra, en 1945. Entonces comenzó a hacer fotorreportajes sobre gente y lugares en Chile, Bolivia y Brasil. De regreso en Francia, retrató a intelectuales como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Julio Cortázar, Jean Cocteau y T.S.Eliot. “ Lo que me interesa es el rostro, la mirada, la boca sobre todo. Porque es donde más se ve el carácter, dijo Freund en 1996”, en ocasión de una exposición de fotografías de André Malraux, en el Jeu de Paume. “Se pueden leer tantas cosas en un rostro, todo lo que se ha vivido, todos sus sufrimientos se inscriben en algún lado. Se necesita simplemente tener tiempo para captarlo”, explicaba la mujer que en los años 30 se convirtió en un pilar de la intelectualidad feminista francesa. Como fotógrafa contratada por la agencia Magnum hizo numerosos viajes por el mundo, sobre todo en la década del 70. En 1980, Freund obtuvo en Francia el Primer Premio Nacional de Fotografía. Un año después su carrera artística tomó un nuevo impulso: le encargaron hacer el retrato oficial del entonces presidente de Francia, Franois Mitterrand. Y en 1991, el Museo de Arte Moderno en París dedicó una exposición a su obra.

(Gisele Freund, Muere a los 91 años de un paro cardiaco, en el hospital de Cochin de París.)

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